CRONOLOGIA

.::RUSH: ‘Permanent waves’::.

-The Spirit of Radio – Freewill – Jacob’s Ladder – Entre Nous – Different Strings – Natural Science

Geddy Lee: Bajo, voz, teclados Alex Lifeson: Guitarra Neil Peart: Batería, percusión Hugh Syme:Teclista adicional Erwig Chuapchuaduah: Steel Drums

Publicado el 1 de Enero de 1980.

Grabado en Le Estudio, Morin – Heights, Quebec, Canadá // Mezclado en los Trident Studios , Londres.

Terry Brown: Producción, Arreglos

Paul Northfield: Ingeniero de sonido

 

RUSH son un completo misterio para mí. Un grupo venerado por multitudes, con pasión casi religiosa, como se desprende de la cantidad de páginas web dedicadas a ellos en las que se estudia y desgrana cada portada, cada texto y cada detalle en busca de una (otra) vuelta de tuerca que dé un nuevo sentido a esa canción o a esa portada… Hace cuarenta años que grabaron su primer disco y ahí siguen, vendiendo como pocos y congregando a miles de personas cada noche que tocan, y sin embargo insisto, siguen siendo una banda desconocida para este juntaletras que intenta hacer la reseña de uno de sus discos.

Difícil lo veo. Podría tirar de Wikipedia y copiar un montón de datos para salir del paso, pero creo que será mejor intentar trasmitir (si puedo) las sensaciones que me produce este álbum, porque RUSH es ante todo un grupo de sensaciones y sentimientos… o al menos yo o percibo así.

¿Por qué ‘Permanent Waves? Pues no lo sé, la verdad es que no es mi favorito de ellos (prefiero ‘Movin Pictures’ por si le interesa a alguien) pero este me trae recuerdos de un pasado irrepetible, cuando intentaba tocar el bajo y tenía en Gedy Lee a una referencia. Luego tuve que conformarme con alcanzar a Dee Dee Ramone, pero eso es otra historia.

En fin, ‘Permanent Waves’ salió a la venta el primer día de Enero de 1980, como en un acto simbólico de saludo a muchas novedades. La despedida de los 70’s venía de la mano (al menos en cierto modo) de un cambio de rumbo del grupo canadiense que tuvo en este el primer paso de un camino de transformación gradual que se alargaría durante la primera mitad de la década.

Esta metamorfosis de la que intento hablar se notó en ciertos matices, muchos de ellos apenas perceptibles, pero que estaban allí para quedarse. Por hacer una comparación, aunque nada tenga que ver en el estilo, este disco era como ‘British Steel’ de JUDAS PRIEST, el cual tenía infinitos vínculos con sus discos de los setenta, pero en el que se notaban ciertas pinceladas de lo que sería el futuro de la banda. Algunas de las canciones resultan más accesibles al público en general, en parte por el recurso de los sintetizadores (aun experimental pero plenamente presente) y en parte por la notable bajada del registro vocal de Geddy Lee en su forma de cantar.

Insisto sin embargo, en que esto no debe engañarnos: la forma de componer, las estructuras de las canciones, los textos y el concepto de banda en sí, siguen sentadas sobre las mismas bases del pasado: es decir, un absoluto derroche de creatividad y talento que se refleja en los mil y un cambios de ritmo, en los múltiples dibujos y arreglos, todo ello desarrollado con una técnica única.

Lo más sorprendente entonces, al menos para mí, es encontrarme con que lo que en otros grupos del género resulta pedante de tan elitista como es, en RUSH se muestra de una manera totalmente natural, inmediata y espontánea. Frente a las estructuras mecánicas y la frialdad de otras bandas, ellos dan a sus canciones un toque mucho más… humano, lo que hace que esas canciones, que son imposibles de crear por alguien que no sean ellos, se muestren tan cercanas. Esa es en mi indocumentada opinión, la gran virtud de RUSH, la que les ha mantenido en activo y en lo alto durante cuatro décadas: son capaces de llegar a un gran público, pero no por hacer temas comerciales precisamente, si no manteniendo intacta su personalidad.

Tomemos como ejemplo el tema que abre el disco ‘Spirit of radio’ un tributo a la emisora canadiense CFNY con una preciosa y melancólica melodía que acompaña al oyente a través de distintos paisajes hasta un break final hecho a base de mezclar estilos de manera magistral, que ya justifica el disco entero, porque es el teatro hecho canción. Más cercano quizá al rock de consumo (bien entendido) es ‘Freewill’, un canto a la libertad de expresión y de elección, según Neil Peart. Prueba que lo de los textos banales nunca fue con ellos. También en este plano está ‘Entre nous’, especialmente por el comentado tema de los teclados. Sin embargo y pese a eso, este tema destaca precisamente por llevar unos ritmos muy compactos y casi hipnóticos durante buena parte de la canción para, de repente, sin previo aviso salpicarlo de cambios que te pillan totalmente desprevenido. Casi al final del disco encontramos ‘Different strings’, una maravillosa balada con una intro acústica de leyenda. Nos quedan ‘Natural Science‘ con sus diferentes partes y ‘Jacob’s Ladder’ que aun siguen interpretando en directo, y que son piezas de hard rock sinfónico que siguen teniendo la virtud de la que hablaba al principio, aunque a mi personalmente me superen.

Un disco , en resumen, para ir saboreando poco a poco, porque son tantos los matices y los detalles, que requiere una escucha muy atenta. Oírlo como música de compañía mientras haces otra cosa está bien, pero es como meter un solomillo entre pan de hamburguesas o hacer tinto de verano con un rioja, algo que no se le ocurriría a nadie.

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